«Obsesión» (Obsession, 2026) es el segundo largometraje de Curry Barker, un cineasta de apenas 26 años que llegó al cine desde un lugar poco convencional: YouTube. Junto a su amigo y socio Cooper Tomlinson, Barker se hizo conocido por el canal de comedia That’s a Bad Idea, y dio el salto a la dirección en 2024 con Milk & Serial, una película de terror de metraje encontrado rodada con apenas 800 dólares de presupuesto que se volvió viral al subirla gratis a internet. Ese pequeño fenómeno le abrió las puertas de la industria, y así llegó Obsesión, que se estrenó en el bloque Midnight Madness del Festival de Toronto de 2025, fue adquirida por Focus Features y Blumhouse por más de 15 millones de dólares, y terminó convirtiéndose en una de las películas más rentables de 2026. Barker ya tiene en camino su tercer proyecto, Anything but Ghosts, y nada menos que el nuevo reboot de La matanza de Texas para A24.
Obsesión nos presenta a Bear (Michael Johnston), un joven tímido que trabaja en una tienda de música y que lleva años enamorado en secreto de su amiga de la infancia, Nikki (Inde Navarrette), sin atreverse jamás a decírselo. Un día entra en una tienda esotérica y encuentra un extraño amuleto —el «Sauce de los Deseos»— al que le pide, sin pensarlo demasiado, el amor incondicional de Nikki. El deseo se cumple casi de inmediato… pero lo que empieza como el sueño romántico de cualquier adolescente tímido pronto muta en algo mucho más oscuro: Nikki se transforma en una presencia posesiva, dependiente y aterradora, y Bear descubre que haber conseguido «todo lo que pidió» tiene un precio que no había calculado. Con ecos claros de La pata de mono de W. W. Jacobs y de algún episodio perdido de La dimensión desconocida, la película usa la fórmula clásica del deseo que se cumple mal para hablar, en realidad, de codependencia y de relaciones tóxicas.
Lo primero que sorprende de Barker es su control del tono, algo poco común en un director tan joven y con tan poca experiencia previa. La película arranca como una comedia romántica adolescente, casi ingenua, y va virando hacia el horror sin que el espectador note bien en qué momento cruzó la línea. Ese desequilibrio constante —una escena que empieza tierna y termina enferma sin cambiar aparentemente de registro— es, para mí, la mayor virtud del filme.
La fotografía de Taylor Clemons trabaja a favor de esa sensación de incomodidad: claroscuros marcados, interiores cerrados, luces de neón que tiñen los encuadres de una textura casi húmeda, y una cámara que convierte lo cotidiano —una cita, un mensaje de texto, una mirada sostenida un segundo de más— en una amenaza latente. Es una fotografía “trampa”, que en vez de iluminar para mostrar, oscurece para inquietar.
El montaje, también a cargo del propio Barker, es clave en los golpes de efecto: los sustos no llegan por el camino fácil, se estiran, se demoran, se desplazan hacia momentos en los que ya bajaste la guardia. La música de Rock Burwell acompaña ese juego, con needle drops que interrumpen abruptamente el ambiente romántico con un grito o un silencio cortante. El resultado es una atmósfera «lo-fi horror» muy artesanal, que recuerda por momentos al cine de Kiyoshi Kurosawa, pero aplicado a un contexto de instituto americano contemporáneo.
Aquí no hay dudas: Inde Navarrette se roba la película. Su Nikki es una interpretación magnética que pasa de la dulzura a lo aterrador en cuestión de segundos, sin caer nunca en la caricatura. Consigue que un personaje que aparece relativamente poco en pantalla —la película juega deliberadamente con su ausencia física para reforzar la sensación de deshumanización— se sienta omnipresente y amenazante todo el tiempo.
Michael Johnston, como Bear, cumple un papel más difícil de lo que parece: tiene que sostener a un protagonista torpe, ingenuo y cada vez más atrapado en su propio deseo, sin que el espectador deje de empatizar con él del todo, incluso cuando sus decisiones se vuelven cuestionables. El elenco de apoyo, con Cooper Tomlinson y Andy Richter aportando algunos respiros de humor —a veces incómodo, dado lo que está en juego en la trama—, funciona bien como contrapeso sin robarle protagonismo a la pareja central.
Obsesión no reinventa el género de terror, pero tiene algo que escasea: control absoluto del tono. Curry Barker toma una premisa que podría haber sido un simple “teen horror” de manual —la maldición del deseo cumplido— y la convierte en una disección incómoda del amor tóxico, la codependencia y el miedo a ser amado de una forma que ya no se puede controlar. No es una obra maestra ni pretende serlo: hay un tercer acto que se estira un poco más de lo necesario y una premisa que, si te detienes a pensarla demasiado, hace ruido. Pero como experiencia de sala, funciona casi como un reloj: te hace reír, te incomoda, y te deja con esa sensación extraña de haber visto algo que empezó como una historia de amor adolescente y terminó como una pesadilla de la que no puedes salir del todo tranquilo. Un debut mayor de un director a seguir de cerca.
